Anoche lloré. Quién sabe por qué algunas lloramos tanto justo antes de la luna. Como si sangrar no fuera suficiente, queremos derramar también sal. Me senté y en la cuenca de mi mano derecha imaginé mi corazón. Y entonces las vi. A ti, a ella, a otra y a otra. Las cuatro mujeres que más he amado en la vida después de mi madre. Y me fui en llanto. Ahora me conozco mejor a mí misma. Tengo mejores herramientas para tramitar el dolor. Sé que algunas situaciones que vivimos me recordaron heridas de infancia y no supe gestionar lo que mi piel sintió: el abandono, la sensación de no tener autonomía, la falta de cuidados… podría enumerar, pero no quiero hacerlo. Y me hice un armadillo. Como esos animales que cuando ya no saben cómo vivir se hacen bolita y ruedan hacia la muerte. La mía, imaginaria. Y te agradecí, a ti y a las otras. Les agradecí por el tiempo que fue hogar, palabra, alimento, amparo, viaje, camino, fiesta, brindis; por el placer de la comida, la fiesta y la compañía… Aho...
Con frecuencia tienes miedo de salir de tu casa. No te gusta caminar. Pasa algo, no quieres pensar mucho, quieres atrincherarte en tu cuarto, volver a un nido imaginario. Llorar. Sientes la respiración pesada. Esa vieja y conocida sensación de bruma en el pecho. Las cobijas te amparan. Lloras. Tienes rabia y también te duele. Vas a tener que salir. En la esquina de tu barrio han robado a mujeres, niñas, niños, jóvenes. Es el pan de cada día. Has bromeado y has dicho a tus amigas, “no traigas cuchillo que acá te lo damos”, porque sí, ya naturalizaste el asunto. Tú siempre has sido de las que pide que la recojan y la lleven a casa. No te gusta caminar sola. Entonces, ahora te cuestionas si eres muy cobarde, si debiste salir de la casa hace rato, es decir, cambiar de barrio. Te sientes más sola que nunca, escribes a una amiga, quieres tomar un aire, un café. Ella no puede verte. Es normal, la gente trabaja. El desamparo turba. Sucedió en la mañana, estabas entrando a tu escritorio cuando ...