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El asco


Cuando recuerdo la fuerza que tienen algunas emociones en mi cuerpo es inevitable volver a galope a la noche que sentí tanto asco que la sensación invadió mi cuerpo durante varias semanas. No quisiera desfigurar la importancia de las veces que sentí asco porque un desconocido me tocó o porque alguien intentó tener sexo conmigo sin mi consentimiento, esas veces, claro, están por fuera de competencia.

Estoy hablando de la vez en la que el hombre que yo amaba se besó en mi cara con alguien que había rondado en nuestras vidas como un fantasma permanente. Ella se había adentrado en las conversaciones cotidianas, se había convertido en un recuerdo mecánico que venía a mí con cierta frecuencia por su tozuda insistencia. Mi autoestima había empezado minarse y los sitios oscuros de la confianza se enredaban en telarañas pegajosas.

La obstinación de esa mujer en permanecer en la vida del hombre que yo amaba y que era mi compañero se había transformado en una sensación vomitiva. Yo sentía que me mareaba cuando el teléfono sonaba y él recibía sus mensajes. El mareo me alertaba, pero no podía jugar a ser verduga de nadie, no podía convertirme en su carcelera y prohibirle que dejara de contestarle. No sabía cómo expresar lo incómodo y doloroso que me resultaba tanto abuso de confianza.

Mi falta de seguridad frente a lo que podía o no podía decirle, mi vacilación respecto a dónde debían fijarse los límites por saberla “su amiga”, todo ese entramado de mierda me estaba generando un escozor terrible que no solo alimentaba los celos sino que me pedía actuar. Pero yo seguía inmóvil. Alguna vez hablamos de respeto y de poner límites. Pasaron los años y la situación había cambiado, parecía. Entonces nos encontramos con ella para charlar.

Esa noche de copas que seguramente no trascendió en ella, para mí se convirtió en un agravio que me recorría cuando estaba vistiéndome, a la hora del almuerzo, en las conversaciones cotidianas, en el transcurso de la vida. Mientras me bañaba, sentía ganas de vomitar; mientras huía de las llamadas de aquel hombre, sentía ganas de vomitar; mientras oía mencionar sus nombres, sentía ganas de vomitar.

No era ansiedad. Era la sabiduría de mi cuerpo alertándome sobre la necesidad de recorrer una ruta de escape, de evitar otra situación así de dañina, de protegerme de situaciones tan tóxicas. O de reconstruir desde todo andamiaje la mujer que debía ser para evitar que otra vez trasgredieran los confines de lo que se ha acordado con la pareja. No sabía que se podía sentir asco por situaciones distintas a la mirada de una comida que me disgustara o un animal al que temía. No tenía idea de lo poderoso de esa emoción, de lo beneficioso que es que nos alertemos ante cualquier estímulo que nos genere asco.

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De la serie: Escucha, tu cuerpo habla



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