Como un faro Por Alexandra Molina Estaba en un barco. No tenía claro el por qué se debía acomodar en severo cajón, parecido al de las morgues, rígida tumba que se abría polvorienta y seca. Lo único raramente explícito era que debía morir. La tirana le ordenaba, mientras le hacía unas trenzas a la niña de más o menos siete años (cosa sin importancia para el relato), métete ahí que si no te matan. Y la trenza era eterna. Esas piernas gordas y anchas atrapaban el cuerpo endeble de la niña. El sonido como de algas, de algas de río, retumbaba en el salón. La mujer, acomodada a su silla y abstraída en la tarea de peinar, cantaba en algún idioma extraño. La niña, agachada, soportaba los tirones mordiéndose las uñas. Pero ese rostro, agraviado por la edad y los dolores del alma, le decía otra cosa, era esa habilidad inherente en los humanos de timar a los semejantes. Por un pálpito reaccionó a tiempo, se trataba del visionaje de un hombre de traje, bigote y sombrero q...