Cuando recuerdo la fuerza que tienen algunas emociones en mi cuerpo es inevitable volver a galope a la noche que sentí tanto asco que la sensación invadió mi cuerpo durante varias semanas. No quisiera desfigurar la importancia de las veces que sentí asco porque un desconocido me tocó o porque alguien intentó tener sexo conmigo sin mi consentimiento, esas veces, claro, están por fuera de competencia. Estoy hablando de la vez en la que el hombre que yo amaba se besó en mi cara con alguien que había rondado en nuestras vidas como un fantasma permanente. Ella se había adentrado en las conversaciones cotidianas, se había convertido en un recuerdo mecánico que venía a mí con cierta frecuencia por su tozuda insistencia. Mi autoestima había empezado minarse y los sitios oscuros de la confianza se enredaban en telarañas pegajosas. La obstinación de esa mujer en permanecer en la vida del hombre que yo amaba y que era mi compañero se había transformado en una sensación vomitiva. Yo sentí...