Con frecuencia tienes miedo de salir de tu casa. No te gusta caminar. Pasa algo, no quieres pensar mucho, quieres atrincherarte en tu cuarto, volver a un nido imaginario. Llorar. Sientes la respiración pesada. Esa vieja y conocida sensación de bruma en el pecho. Las cobijas te amparan. Lloras. Tienes rabia y también te duele. Vas a tener que salir. En la esquina de tu barrio han robado a mujeres, niñas, niños, jóvenes. Es el pan de cada día. Has bromeado y has dicho a tus amigas, “no traigas cuchillo que acá te lo damos”, porque sí, ya naturalizaste el asunto. Tú siempre has sido de las que pide que la recojan y la lleven a casa. No te gusta caminar sola. Entonces, ahora te cuestionas si eres muy cobarde, si debiste salir de la casa hace rato, es decir, cambiar de barrio. Te sientes más sola que nunca, escribes a una amiga, quieres tomar un aire, un café. Ella no puede verte. Es normal, la gente trabaja. El desamparo turba. Sucedió en la mañana, estabas entrando a tu escritorio cuando ...