Como un faro
Por Alexandra Molina
Estaba en un barco. No tenía claro el por qué se debía
acomodar en severo cajón, parecido al de las morgues, rígida tumba que se abría
polvorienta y seca. Lo único raramente explícito era que debía morir. La tirana
le ordenaba, mientras le hacía unas trenzas a la niña de más o menos siete años
(cosa sin importancia para el relato), métete ahí que si no te matan. Y la
trenza era eterna.
Esas piernas gordas y anchas atrapaban el cuerpo endeble de
la niña. El sonido como de algas, de algas de río, retumbaba en el salón. La
mujer, acomodada a su silla y abstraída en la tarea de peinar, cantaba en algún
idioma extraño. La niña, agachada, soportaba los tirones mordiéndose las uñas.
Pero ese rostro, agraviado por la edad y los dolores del
alma, le decía otra cosa, era esa habilidad inherente en los humanos de timar a
los semejantes. Por un pálpito reaccionó a tiempo, se trataba del visionaje de
un hombre de traje, bigote y sombrero que se adentró en el cajón y esperó
eternamente su salida, pensó eternamente puesto que fue reventado por una
plasta de hierro, muriendo en el acto, sin saberlo. Entonces, ella, impulsiva,
pero de rápido pensar, se lanzó por la ventana, como pudo. El aterrizaje pudo ser
peor, de cabeza y en planchón, sin embargo fue de espaldas y sobre un algodón
de frutas que se ofrecían en el mercado. La otra mujer, coherente con su lento
proceder, soltó la trenza y escuchó, torpemente asomada a la ventana, el grito
de la anciana vendedora, ¡locaaaaa, me has arruinado entera!
Obnubilada por el golpe, se llevó por delante un tarro
arruinado por la lluvia. Levantándose la falda, dejando ver el entramado de
líneas que eran sus medias rotas, corrió como pudo, dejando atrás a la anciana,
a la mujer, a la niña y al espíritu del hombre de bigote. Una vez en la
góndola, remó hasta adentrarse en lo más concurrido del mercado. La gente,
ensimismada en sus quehaceres intercambiaba mercancías. Un aire pesado se
respiraba por una corriente negra, el agua parecía más oscura de lo normal
(¿cómo sabía qué era lo normal?).
Muecas corrompidas, dientes picados, olores envejecidos,
alimentos podridos, palabras confusas, perros y carroña, manos desterradas que
iban y venían con la fuerza pareja de su autonomía. A lo lejos, recostado en
una esquina, un joven turbado por el implacable calor, se despejaba el mareo
con un cartón. Encadenado esperaba alguna redención o algún arsenal que lo
ultimara. Todos estaban destinados al deceso cercano, profundo y sombrío, ya
fuera por la peste, la intoxicación, el olor abriéndose paso ante tanto tiempo
derramado y corroído, por alguna siniestra disposición o por la inmundicia de
la existencia misma. El destino, que parecía estar trazado por un dios
corruptor, flotaba por encima de las aguas putrefactas advirtiéndolo todo con
una plegaria de clamores inaudibles.
Al muchacho, un arco le abría los confines de la libertad
robada, perdida. ¡Sube! Le atinó a decir mientras rompía la cadena con un
machetazo limpio. Ella y él no cabían. Un desespero los sorprendió más
abandonados que nunca, al despertar de la pesadilla. Cuando se tiene la
conciencia de que todo está perdido se puede recomenzar, encontrar un soplo que
se lleve las lesiones y los descontentos. Vaciando, escabulléndose enfrentado a
la razón, algo que empuja, canal abajo, a la ocasión… a la supervivencia. Y un
fin, una mirada acusadora, un tirano, otro más. Un impulso ínfimo, otra cadena
que se rompe.
Ambos corrieron, entendiendo el mensaje que desde tiempos
remotos los invitaba a encontrarse, más allá de la realidad, en un Olimpo
perdido. El traghetto estaba atorado, ella esquivó alguna fuerza de perderse
sola y embarcó, con él. ¿Cuántas cosas valen realmente la pena? Dándole la mano
a él, viendo cómo la gente no parpadeaba, haciendo y deshaciendo su rutina,
exasperándola hasta más no poder. No comprendía el afán de huir, el afán de la
gente que buscaba aniquilarla.
Ignorando por qué se batían, luchaban con su espíritu
sereno. Se arrojaron bruma arriba, moviéndose ágilmente, sobre todas las aguas,
sobre todos los surcos, sobre todos los tedios. Huían, huían del olvido, de los
otros, abandonando la ansiedad. Comprendiendo otro lenguaje, otro vivir
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