Anoche lloré. Quién sabe por qué algunas lloramos tanto
justo antes de la luna. Como si sangrar no fuera suficiente, queremos derramar
también sal. Me senté y en la cuenca de mi mano derecha imaginé mi corazón. Y
entonces las vi. A ti, a ella, a otra y a otra.
Las cuatro mujeres que más he amado en la vida después de mi madre. Y me fui en
llanto. Ahora me conozco mejor a mí misma. Tengo mejores herramientas para
tramitar el dolor. Sé que algunas situaciones que vivimos me recordaron heridas
de infancia y no supe gestionar lo que mi piel sintió: el abandono, la
sensación de no tener autonomía, la falta de cuidados… podría enumerar, pero no
quiero hacerlo.
Y me hice un armadillo. Como esos animales que cuando ya no saben cómo vivir se
hacen bolita y ruedan hacia la muerte. La mía, imaginaria. Y te agradecí, a ti
y a las otras. Les agradecí por el tiempo que fue hogar, palabra, alimento,
amparo, viaje, camino, fiesta, brindis; por el placer de la comida, la fiesta y
la compañía…
Ahora conozco, mucho mejor y más en práctica, de una ética amorosa, del cuidado
amoroso, de la reciprocidad. Así mismo, sé de luchas por el poder, de la
violencia emocional, del abuso. Y no sé, nunca sé, si es demasiado tarde. La
culpa ya no me queda. Lo que quiero dejar aquí, es que mi amor es y será por la
memoria que habita en mí, en ese castillo ubicado en la cima de una montaña
inaccesible. Porque nada va a llegar para borrarla.
Mi llanto iba menguando y la respiración era cada vez menos rápida. El vaivén
de ese momento en el que estuve anclada al piso firme de mi cuarto me recordó
que solemos ser espejo. Que el juicio y el prejuicio a veces viene de eso que
vemos en otras y justamente no nos gusta de nosotras. Y cuesta. Cuesta mucho
darse cuenta. Darse cuenta de nuestros ataques silenciosos, nuestros irrespetos
continuos, del ego y de las callecitas de la soledad y la amargura donde a
veces nos mudamos a vivir, de los reproches o de las cuentitas por cobrar.
Y sobreviví porque fui directo ahí, donde estaba sintiendo. No me quiero sola ni vulnerable. Me quiero en red. Ahora encuentro algunas puertas para esa palabra que me gusta tanto: solidaridad. Y como he leído tantas veces, la crítica amorosa me ha permitido un poco dejar de sufrir. Sanar la herida para no herir más a otras. Y sobre todo, para saber comunicarme, decir lo que necesito, lo que me duele y saber escuchar, escuchar de verdad, sin tener la respuesta inmediata, esa que ataca, sino hacerlo desde el silencio de saberse parte de un círculo de cuidado.
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