Escribir sobre las experiencias vitales es un viaje hacia dentro, primero, y hacia las demás, después. Es un recorrido por la
memoria. Es el regreso al pensamiento a partir del tránsito previo que visitan las emociones más primarias... recuerdo. Escribir sobre las emociones es un ejercicio definí como parte del aprendizaje sanador, del autoconocimiento.
Para entenderme, para eso escribo. Escribir sobre la alegría
sin contaminarla es recordar a Clarice Lispector y su Felicidad clandestina,
luego su Felicidad repentina y la imagen que la escritora nos muestra sobre el hecho de ver una película y
sentirla sin que fuese necesario entenderla. Pero entonces, ¿la alegría es
pasajera y la felicidad es continua? ¿O es al revés?
Pamuk también viene a mi memoria con su relato de El museo
de la inocencia describiendo el momento más feliz de su vida. El 26 de mayo de un año lejano. Entonces regreso a la confusión inicial
sobre la distinción entre la alegría o la felicidad. ¿Cuál contiene a cuál?
Yo misma no sé decir qué es lo que me da alegría y si soy
feliz, pero voy a intentarlo. No se puede decir que se es feliz sin sentir algo de vergüenza por
deshonrar las otras emociones. Soy tantas cosas que no solo puedo ser feliz. A
veces soy triste. Pero es la alegría (y la felicidad) la que nos convoca. Haré un compendio
(finito y limitado por la imposibilidad de recordarlo y contarlo todo):
La alegría fue ver la inmensidad de mi soledad frente a un
nuevo hogar entendiendo que la vida simplemente avanza hacia delante. Se
trataba de felicidad saber que iba a arreglármelas por fin sola, con ese
colchón y un gato desde una inusitada valentía que revienta del tener la
libertad, que a lo mejor era la soledad que no se sabe bien cómo definir.
Felicidad era que no me importara. Felicidad era un estar silencioso que me producía el ver a un gato libre.
La alegría para mí fue aterrizar en el aeropuerto de una
ciudad costera por primera vez contemplando el mar y siendo una mujer que veía pasar
su vida de un extremo a otro, por fin.
La alegría fue escucharle narrar a mis espaldas un poema de
Maruja Vieira mientras yo (no) leía un texto pensando en las peleas infructuosas,
estancada en la ruina de no advertir el momento presente. Felicidad fue ese revelarme
el ahora, el tiempo Kairós, en su compañía en aquella biblioteca universitaria.
La alegría fue leer, en aquellos mis quince años, un mensaje
desde el extranjero que me daba noticias de alguien a quien ligeramente yo ya
daba por perdido.
La alegría fue verlo vestido de blanco por una callecita de
Cartagena cuando yo había perdido toda esperanza de nuestros encuentros.
La alegría fue entrar entre ramas verdes y tomates morados
abriéndome paso entre gallinas para contemplar la inmensidad de un amor hacia
el todo, que era la nada, que era mi vida en aquel lugar.
Felicidad fue escalar el volcán y escucharnos decirnos que luego
de eso podríamos hacerlo todo. Que éramos para siempre así no exista nada que dure para siempre.
Felicidad es el recuerdo de haber llorado de alegría como
una tonta, conservar intacto el momento y no tener que rendirle cuentas a nadie
por ello.
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De la serie: Escucha tu cuerpo habla
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