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Trazos

Por Alexandra Molina


Pintar no es fácil. Sobre todo si se trata de definir los ojos humanos. Se da el caso de personas que llevan a cabo la tarea de plasmar las líneas del iris sin tener en cuenta aspectos como lo tremendo de la mirada, el acertijo entre línea y línea que me resulta insondable; la elevación del brillo que es una enunciación, paradójicamente de lo sombrío o, consecuentemente, de lo luminoso del ser, de sus impulsos y experiencias. No se alcanza a atinar a las sensaciones, a lo expresivos que resultan los ojos… ¿con qué técnica se sintetiza y se pone en papel el miedo? El miedo está poblado de un humor confuso, lo conocemos, es cierto, pero no llegamos a abarcarlo. ¿Y qué de las arrugas del párpado? Epílogo de todo lo manifiesto. El ojo que no se reduce a exposiciones de las ideas, del pensamiento, del sentir, de lo asertivo o errado del ser, sino que es todo aquello que va más allá. Este ojo que es mentira, que es creación, que inmediatamente existe, que sigue sin ser el tuyo.

Mi propia experiencia me dice que la tarea requiere de mucho tiempo de contemplación con su respectiva dosis de técnica y talento, sobre todo de dedicación, pero nunca de una exploración mediocre del personaje. Todo esto si se busca representar, esto es, poner en el papel o en el formato de entrega una imagen que esté por el personaje y que, viendo bien aclarar, no lo suplante, sino que lo figure. Me di a la tarea de dibujar esos ojos un tanto melancólicos, un tanto optimistas. Fracasé. Dijiste “no me conoces”, llevo tanto tiempo sujetando tu mano y todavía no te conozco. Llevo incontables amaneceres despertándome con la luz impenetrable de tus ojos abiertos y todavía no te conozco.


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