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#YoTambién en las calles

No me gusta caminar por la ciudad. Podrían pensar que exagero cuando doy mi explicación. Pero es más complejo de lo que parece. Se trata del acoso callejero. Claramente no estoy en la obligación de soportar la tiranía de los hombres que se sienten con derechos de gritarme groserías en el espacio público y no debería restringir la forma en que me muevo por él, pero lo hago. Cuando voy en bici lo menguo un poco, pero solo un poco porque aún sobre ruedas me gritan soeces. Es humillante y frustrante.

Me parece que, como violencia (incluso en algunos lugares es catalogada como violencia de género porque muestra la severa desigualdad que experimentamos las mujeres en cuanto al acceso libre a los espacios públicos), es un evidente ejercicio de poder en el que de ninguna manera el hombre busca agradar sino demostrar justamente su capacidad de agresión, su dominio territorial, su mandato, su falta de límites. Básicamente el acosador nos informa que puede decir sobre nosotras y sobre nuestro cuerpo lo que le plazca porque no podremos hacer nada. No se trata de su deseo de conocernos y charlar.

Eso me resulta miserable, no exagero, en serio. Tratar a las mujeres como objeto es mezquino y prepotente, ver cómo a los demás les resulta indiferente también lo es. Tener que modificar y renunciar a mis rutas, pensar en que debo cubrirme más (porque la gente tiende a culpar a la víctima, a hacerla responsable y yo no he escapado de eso al sentirme causante), cambiar los horarios por los que transito, preferir la compañía a caminar en soledad o de golpe deshabituarme del antiguo gusto de hacerlo, todo eso es una laceración a la libertad.

Aquí describo algunas de las prácticas que son consideradas como acoso callejero, como vemos son un conjunto de hechos y cada uno tiene su alta dosis de gravedad. Lo hago porque muchas veces la gente no logra identificarlas debido a su normalización en nuestra sociedad. Las he experimentado todas, ofrezco disculpas por repetir algunas, pero se trata de dimensionar un poco las situaciones:

  1.  Silbidos, ruidos y/o sonidos incómodos, pitazos de carros y otros (los del carro generalmente te invitan a subir o te ofrecen dinero para ir con ellos). 
  2. Manoseos: que se te acerquen demasiado, que te toquen. A mí por ejemplo me tocaron a los trece años cuando iba de regreso a casa con mi uniforme de colegio, los comentarios sexuales del agresor, su mirada lasciva y su ataque físico me atemorizaron lo suficiente como para no reaccionar, el tipo se perdió entre la multitud. 
  3. Seguimientos, persecuciones, arrinconamientos: estos muchas veces van acompañados de un interrogatorio del tipo: “¿mami, por qué tan sola? Venga, la acompaño” “¿Me da un besito y la dejo pasar?”).
  4. Acoso verbal: aquí entran los mal llamados “piropos”, cabe aclarar que no lo son porque no vienen de alguien conocido ni se dicen con el consentimiento de la persona, no se trata de respetar su autonomía. También se encuentran las opiniones sobre nuestro cuerpo y los comentarios sexuales del tipo “uy como para darle lengüetazo a esa pan%3#@ todo el día”, “hmmm severo peluche”, “mamacita qué rotote”. 
  5. Miradas lujuriosas: creo que de estas hemos padecido todas o casi todas. 
  6. Sobadas: ese afán por restregar sus manos, sus piernas, su pene, lo que sea en el cuerpo de las transeúntes aprovechando la muchedumbre. 
  7. Masturbación: he visto dos tipos hacerse la paja en la calle. La primera vez yo tendría unos once o doce años, sí, las niñas tampoco se salvan. Ese día estaba sentada con una prima en un andén comiendo helado, de repente el tipo se cruzó a la calle de enfrente y se sacó su miembro y empezó a masturbarse enfrente de nosotras. Fue absolutamente desagradable. La segunda vez, ¿para qué seguir recordando?).


Nota: En Colombia existe una ley que nos protege del acoso sexual, se trata del artículo 210 A del Código Penal que dice: “El que en beneficio suyo o de un tercero y valiéndose de su superioridad manifiesta o relaciones de autoridad o de poder, edad, sexo, posición laboral, social, familiar o económica, acose, persiga, hostigue o asedie física o verbalmente, con fines sexuales no consentidos, a otra persona, incurrirá en prisión de uno (1) a tres (3) años”. Como se puede ver, es distinto en este país al acoso callejero, pero hay prácticas (como el manoseo), que pueden entenderse como acoso sexual y violencia de género.


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