Me vino una pequeña lucidez. Iba rumbo a casa cuando de
pronto el viento, la despedida, el nuevo encuentro me confirmaron que íbamos a toparnos
quienes debíamos acertar, más allá de las fútiles coincidencias. No es tan
simple. A mí me gusta montar en bicicleta y escuchar música que me haga sentir
que bailo. Es peligroso, lo reconozco. Sobre todo en una ciudad como esta en la
que hay demasiados carros y pocas calles.
Esa suerte de epifanía, mientras sentía la luz de las calles
azules del centro, se dio al haber llegado al punto de la conversación esperada en la
no espera. ¿Qué quiero decir con eso que acabo de escribir? Quiero decir que los
milagros no pasan, no existe eso que llaman casualidad. Se trata de algo que se
me dificulta, no lo comprendo del todo y no puedo por ello, explicar. No es la
esperanza. No es la fuerza del deseo porque ya deseé con una
determinación férrea y simplemente no sucedió.
Es ir a casa y escribir sobre lo que pasó porque tenía que
pasar por encima de la paciencia y la impaciencia. Es soportar el peso de los
titulares y las malas caras porque de pronto nos revienta un después en
términos de posibilidad. Es casi como creer en dios, pero es todavía más complejo, y al tiempo persistir en el rechazo a dios. ¿Entonces es el destino? El
destino es dios. No es el destino. ¿Qué es? ¿He podido delinear algo de lo que intento
decir y lo he complicado? No es casual, no es coincidencia, no es el plan
perfecto de dios. Es. Y ese es irracional es casi como la fe ciega en dios.
Alex Molina
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