Tres muchachas avanzaban hacia la plaza de San Basilio de Palenque a un ritmo conectado con la tierra, con la herencia africana A nuestra derecha, cuatro hombres ofrecían su servicio de mototaxistas, cobraban 3000 pesos por el viaje hasta la carretera.
El bochorno del mediodía se matizaba con el anuncio de una lluvia ligera que atenuaba el polvo levantado por los carros. Ante nosotros se abría la imagen de un pueblo colorido, cargado de memoria, de sabiduría, de música, de amarillos, verdes, naranjas y fucsias; de trenzas y turbantes; de niños correteando; del “a la orden el ñeque”, “a la orden el almuerzo”, “a la orden el recorrido”, a la orden la risa y el buen augurio.
Eran menos de las dos de la tarde y el lugar se preparaba para su 31ª edición del Festival de Tambores y Expresiones Culturales. Llegábamos atentos, expectantes, curiosos. Los lugareños nos daban la bienvenida con sonrisas de dientes amplios, nos abrían el camino.
De fondo, el redoble de tambores de música africana y uno que otro vallenato, el latido de los cuerpos. En el camino, las mecedoras, los hombres plácidos que reposaban el almuerzo a la sombra de sus antejardines, las mujeres que se embellecían para el fin de semana de fiesta poniéndole color a sus trenzas, las estatuas del gran Benkos Bioho y Kid Pambelé, los caballos, los cerdos, los perros; el pueblo.
Era el inicio de un reconocernos en lo nuestro, en la lucha y la resistencia de almas libertarias que se fortalecen apropiándose de lo suyo.
Era el inicio de un reconocernos en lo nuestro, en la lucha y la resistencia de almas libertarias que se fortalecen apropiándose de lo suyo.
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