Mientras se espera, se observa. La ventaja de no tener móvil pero sí una libreta a la mano.
Sí que hay ancianos en estos días que para mí misma son otoñales. Algunos morirán pronto. Releo lo que escribí y sentí miedo. No quiero morir. Estos hombres están vencidos por el sueño. Yo soy una anciana y me siento derrotada por unos párpados que se caen y me cierran el camino, en esa puerta se quedan las manos, atrás, como si se me desprendieran y no pudiera dirigirlas. Casi no puedo escribir.
Alguien grita. Es el siguiente paciente. Estoy en una clínica azul donde por poco me quedo a merced del inconsciente a las once de la mañana.
Y es que las noches son difíciles, no consigo dormir temprano, nunca. Hay mucho ruido, los recuerdos saben escalar, los silencios anuncian golpes secos, las palabras me devuelven los años en los callejones de Santa Inés. Es la mente que se empeña en avanzar hacia las tres de la mañana sin descanso. Luego todo se aquieta y duermo. Despierto temprano.
Mi cerebro me traiciona. Ahora tengo sueño y no anoche a las dos de la mañana. Pero ahora no pienso en las cosas que pensaba anoche. Eso en lo que no digo, en lo que no sé decir, en lo que no quiero decir y en lo que no diré nunca.
Ni yo misma entendería algunas cosas que me abrazan o me sueltan. No es cierto que las palabras pueden decirlo todo. Ahora mismo hay algunas que no quiero que digan o no saben decir. ¿Le explico a mi consciente algo que solo se siente y además, se siente en un plano alterno? Me creo, me conozco lo suficiente como para saber cuándo miento.
Hay cosas que sí me gusta decir. Como mi interés repentino en la muerte y mi firme deseo de vivir. Me gusta tanto la vida que me gusta dormir y sentirme muerta para regresar.
Alex Molina
Sí que hay ancianos en estos días que para mí misma son otoñales. Algunos morirán pronto. Releo lo que escribí y sentí miedo. No quiero morir. Estos hombres están vencidos por el sueño. Yo soy una anciana y me siento derrotada por unos párpados que se caen y me cierran el camino, en esa puerta se quedan las manos, atrás, como si se me desprendieran y no pudiera dirigirlas. Casi no puedo escribir.
Alguien grita. Es el siguiente paciente. Estoy en una clínica azul donde por poco me quedo a merced del inconsciente a las once de la mañana.
Y es que las noches son difíciles, no consigo dormir temprano, nunca. Hay mucho ruido, los recuerdos saben escalar, los silencios anuncian golpes secos, las palabras me devuelven los años en los callejones de Santa Inés. Es la mente que se empeña en avanzar hacia las tres de la mañana sin descanso. Luego todo se aquieta y duermo. Despierto temprano.
Mi cerebro me traiciona. Ahora tengo sueño y no anoche a las dos de la mañana. Pero ahora no pienso en las cosas que pensaba anoche. Eso en lo que no digo, en lo que no sé decir, en lo que no quiero decir y en lo que no diré nunca.
Ni yo misma entendería algunas cosas que me abrazan o me sueltan. No es cierto que las palabras pueden decirlo todo. Ahora mismo hay algunas que no quiero que digan o no saben decir. ¿Le explico a mi consciente algo que solo se siente y además, se siente en un plano alterno? Me creo, me conozco lo suficiente como para saber cuándo miento.
Hay cosas que sí me gusta decir. Como mi interés repentino en la muerte y mi firme deseo de vivir. Me gusta tanto la vida que me gusta dormir y sentirme muerta para regresar.
Alex Molina
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