Anoche lloré. Quién sabe por qué algunas lloramos tanto justo antes de la luna. Como si sangrar no fuera suficiente, queremos derramar también sal. Me senté y en la cuenca de mi mano derecha imaginé mi corazón. Y entonces las vi. A ti, a ella, a otra y a otra. Las cuatro mujeres que más he amado en la vida después de mi madre. Y me fui en llanto. Ahora me conozco mejor a mí misma. Tengo mejores herramientas para tramitar el dolor. Sé que algunas situaciones que vivimos me recordaron heridas de infancia y no supe gestionar lo que mi piel sintió: el abandono, la sensación de no tener autonomía, la falta de cuidados… podría enumerar, pero no quiero hacerlo. Y me hice un armadillo. Como esos animales que cuando ya no saben cómo vivir se hacen bolita y ruedan hacia la muerte. La mía, imaginaria. Y te agradecí, a ti y a las otras. Les agradecí por el tiempo que fue hogar, palabra, alimento, amparo, viaje, camino, fiesta, brindis; por el placer de la comida, la fiesta y la compañía… Aho...
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