Para Emily, que ya no está
Estaba decidida a agregar pensamientos claros a las noches, dejarme de disparates, empezar a crecer. Aclarar la vista, limpiar los vidrios, comenzar a respirar despejada. Prendí velitas de incienso como aire potencialmente rojo, prendí velas blancas para algún
destello de aves en vuelo.
Corté el hilo que estorbaba en la entrada, pesqué los cachivaches y los arrumé
en una esquina. Levanté los libros, enderecé las fotos. Entonces entraste
mirando las colchas revueltas, la habitación en tres, huellas de todo:
historias, máquinas, besos, lápices y ella.Estaba decidida a agregar pensamientos claros a las noches, dejarme de disparates, empezar a crecer. Aclarar la vista, limpiar los vidrios, comenzar a respirar despejada. Prendí velitas de incienso como aire potencialmente rojo, prendí velas blancas para algún
El espacio quedó suspendido en cuadros de ira. Tus ojos y
las risas envueltas en recuerdos viejos, viejísimos, se iban como remolinos,
daban vueltas, ardían en fuegos. Los dos, enfrentados, acusados, perseguidos. Me
dejaste sin armas, no entendía nada.
Cómo explicarlo sin copas ni cigarros. Era seguro, ibas a
juzgar. Pensé en las cosas sencillas, decirlo con calma, arroparte la ira,
calmar la rabia con palabras suaves. Pero se me dio la indiferencia, pensar en
el paso de los días, verte cargar las verdades a cuestas. Decisión
irreversible. Se volteó todo, atinaste a gritar, escupiste veinte sermones, emergió un desaire entre las luececillas. Era como una noche larga en un bosque serpenteante, era el frío, los árboles, el miedo.
Qué bien se te daba tanta amargura, tanta codicia; tan
fácil, tan fluido. Lo poco que recordaba de los días de infancia se esfumaba
con el café de las tres. Y yo que no sabía hacer otra cosa que llevarte en los
buenos paréntesis, asaltar el tiempo con vos y decírselos: qué buen ser humano
que es, qué amable, qué grande; qué escoria. Qué pérdida de aire, qué globo
fanfarrón, pinchado y dejado. Adiós a las tardes sin diablos, una línea
imaginaria se había trazado entre los dos.
Y sí, te gritaba entre lágrimas: no te ensuciés más las
venas, las paredes siguen limpias, las mentiras van surgiéndote, trepando a tientas sobre tu pulso agitado. Pero
no escuchabas. Pensé las cosas, retomé las pruebas de lo mucho que llegaste a
quererme, porque imagino que me quisiste. No señor, ella no se va de aquí.
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| Marianna Raskin |
Luego se lo dije a ella misma, chiquilla menuda, debés
marcharte. Y no, nos fuimos ambos. Lo abandoné a su suerte, me fui sin él. La inmundicia que se
hereda.
Te encargué las plantas, el nuevo orden, las repisas limpias, la casa triste. Nos fuimos ella y yo con maletas verdes, cada una doblando en otra esquina, ella serena, yo, tolerando y desconociendo tanto lagrimeo.
Te encargué las plantas, el nuevo orden, las repisas limpias, la casa triste. Nos fuimos ella y yo con maletas verdes, cada una doblando en otra esquina, ella serena, yo, tolerando y desconociendo tanto lagrimeo.
Y no fue tirria, no fue tanto por vos, no fue venganza. ¿De
quién uno se venga dejando el techo? De golpe
fue orgullo, pena imperdonable, el sino decididamente jodido que curaba trozos entre
tanta perdición. Te tiro las cartas,
sigo el azar. Me voy con este afán de encontrar cambios y curvas, felicidad
constante.
Maldita y bendita tranquilidad inocente, seguridad tonta, miradas de perros, olor de la tierra, escritos
de otros mundos, tanta historia suelta, tanto color negro. Ahora mi desnudez acompañada, ojos profundos, silencio, y de vuelta a los besos de frutos tropicales. Soledad sin él, con ella. Bienestar a
fin de cuentas.
Alex Molina
Alex Molina


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