Ir al contenido principal

La noche, el tránsito, la vida

Por Alexandra Molina


Vivo aún 
solo para que tú tengas 
un lugar a donde volver siempre" 
Begoña Abad


Transitando hacia lo desconocido, una vez envuelta en la oscuridad, se descubrió tranquila. Pensaba que el aire le iba a faltar, que el sórdido silencio de la nada la iba a arrastrar en su remolino incesante de conmiseración, que el carbón no se iba a encender y que el alma misma no iba a encontrar la valentía suficiente para abastecerla de fuerza. Pasar el umbral…

Sin impedir la manifestación natural del miedo que seguía su cauce directo al horror de la claridad, de la terrible lucidez, caminó erguida hacia su esencia más oscura, hacia sus ganas de extinguirse, como vio hacerlo al fuego de la cabaña de esa noche de junio en Silvia.

“Tan triste como ella”, tristísima. Es el perfil de una mujer que se levanta el velo de la imposibilidad. Que se descubre conectada a la tierra. La indolencia de la noche profunda, oscura, señora, cómplice y testigo de todo lo oculto, de todas las muertes, la invitaba a sentir esa sensación extraña de querer mandar todo a la mierda. Respirar. Hálito de vida. Sonido de ignición. Respirar el humo y ya no desear pasar el umbral, no querer su sombra en la nada.

A medida que caían sus gotas de sudor, el sonido de las voces de su infancia la hacían pensar que no era demasiado, que nunca fue demasiado. Así, el prolongado y apacible al calor de esta noche la conectaban con la peregrina gota de su propia reconciliación.

Descubría que el sonido de su tránsito hacia ese rincón hondo de sí misma iba conectándola con él. El hombre más silencioso y profundo que había conocido. Él, esa marca, esa flor de amapola levantada en un recuerdo paisajístico de diciembre, de la cinta del “Silencio de sus ojos”, de esas “Arenas de soledad”,  de las cervezas interminables, celestinas.

Él, esos arcos delicados de conversaciones sombrías, iluminadas, ebrias, elocuentes. Él, esas espinas, ese rojo, ese amor absorto en el balcón improvisado. Ella y su caminar habitual a la una o dos de la mañana  hacia un taxi que se abría invitándola a despedirse de su río, agua asesina para para extinguir (se) y también para florecer.

Se encontraba más cercana a las pinturas que iban condensando su autenticidad, su chispa, su existencia. Avanzar en el espiral de la  vida. Finalizar la guerra de cada manifestación amarga de la infancia, del colegio, de ese temor al ridículo, a la risa misma, al regaño tras los saltos por la ventana.

Entonces, sintió caer esa ternura, esos labios de otras noches ambiguas, necesarias, intensas. Se vio próxima a las canciones incomprensibles, al silencio, al beso en la espalda de aquella divergente e insondable conexión. Se vino el no dolor del día en que vio sus cuerpos tendidos, desnudos, ajenos emergiendo radiantes e infinitos. Cuerpos que no llegaron a saber nunca el cómo, el porqué del futuro.

Sara respiró sin miedo, sabiendo que en la vida había que probarlo todo. Hasta ese dolor de verse así misma convertida en fantasma. En pasado. En memoria y elucubración de un bohemio sempiterno. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Aprender después de las despedidas

Anoche lloré. Quién sabe por qué algunas lloramos tanto justo antes de la luna. Como si sangrar no fuera suficiente, queremos derramar también sal. Me senté y en la cuenca de mi mano derecha imaginé mi corazón. Y entonces las vi. A ti, a ella, a otra y a otra. Las cuatro mujeres que más he amado en la vida después de mi madre. Y me fui en llanto. Ahora me conozco mejor a mí misma. Tengo mejores herramientas para tramitar el dolor. Sé que algunas situaciones que vivimos me recordaron heridas de infancia y no supe gestionar lo que mi piel sintió: el abandono, la sensación de no tener autonomía, la falta de cuidados… podría enumerar, pero no quiero hacerlo. Y me hice un armadillo. Como esos animales que cuando ya no saben cómo vivir se hacen bolita y ruedan hacia la muerte. La mía, imaginaria. Y te agradecí, a ti y a las otras. Les agradecí por el tiempo que fue hogar, palabra, alimento, amparo, viaje, camino, fiesta, brindis; por el placer de la comida, la fiesta y la compañía… Aho...

Una noche de invierno veraniego

Ilha do mel. Y nos dieron las diez...  Tomada de:  www.todobrasil.com.uy Camino sin piedras... Me dispongo a decir, en monólogo abierto, que salté hacia el abismo. Debo agradecer:  Gracias por llenarme las horas de bombardeos nocturnos, de valentía y refugio, de fuerza reveladora y todopoderosa. Gracias por equilibrar las horas, reventar las tensiones, arrancarme hacia un faro luminoso en la plenitud de la noche.  Gracias por reír y evadir conmigo los enchufes, las “baladas”, los celulares y  las caipirinhas.  Gracias por ser el portavoz del círculo y reescribir la historia, por ponerle fin.  Gracias por levantarme de las cosas materiales, naturalmente necesarias, pero insuficientes en el sitio de la sacralidad.  Gracias por ser piloto y timón, por dirigirme de la mano hacia el mar, hacia el aire limpio, por palpar el frío, caminar en círculos, enrutarse hacia cabañas vencidas por kamikazes de vientos divinos y lunas foráneas...
Libros que te conectan, que se resignifican. Cuántos fantasmas me rodean ahora mismo. Su voz ausente declamando bonitas coplas. Su cara triste, su sonrisa honesta. Cuánto me duele tanto vacío, tanto de nada. La nada despiadada. La ausencia. El dolor no entender nada, de llamarme y acudir a mí, luego sentirme derrotada. El indolente deber de levantarme, seguir, comenzar otro camino. Voy desprendiéndome de todos. El vacío del amor, el silencio, son pesadas anclas. No puedo ser tan egoísta de pretenderte acá. Tú estás en algún otro lugar y ya no sabes que existo. Pero quisiera, cuánto quisiera un consuelo tuyo. Las caricias han sido tan pocas, las caricias sinceras. Tan triste se ve todo, tan hueco, tan falso, tan pobre. Y tu ausencia de tantos años ya. No puedo decir que he vivido mal, he vivido bien. En algún lugar del corazón habita mucho resentimiento. Pero también alguna luz.