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Como es costumbre, le pienso. Le repaso en cualquier beso robado, aceptado, rechazado, dado. 

Esta noche particularmente, le pienso más. Así de breve, así de simple. Un recuerdo furtivo, un atisbo de memoria indeleble que se vuelve bola de nieve y crece y crece. Aquí está, nuevamente. Me niego a partir de este lugar, aún abriendo las alas a cualquier abismo, giro la vista y lo veo. Insoportablemente bello. Regreso a usted y no me freno, solo me vuelvo y luego vuelo.

Por supuesto usted lo ignora, claro que sí, si no fuera por eso me mandaría al diablo y me diría con su poca tolerancia que me vaya a la mierda. Y me voy sola, luego vuelvo, sin pena ni gloria. Vuelvo por mi cuenta, porque me gusta volver al lugar en que fui feliz. 

Y sepa usted que disfruto de las otras risas, de los otros regazos, de las otras pieles. Se acercan confiadas y yo les digo, bien, a mí también me da miedo amar. “Me da miedo no amarte” pfff… patrañas, seguro enfrentarse al terror de perder la cabeza no justifica ninguna valentía… qué digo valentía, el vino que habla, sin razón, que la prisa no les quite lo cobardes, eso da pena ajena.

Entonces, me recuesto y regreso a usted, le digo, con amor, que lo espero cada día, cada noche, cada sueño.

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