Defienda su intimidad, protéjala de mí que soy una intrusa.
Evíteme el disgusto de conocer su corazón tan oscuro. Conserve sus apreciados secretos.
Príveme de invitaciones a su esencia sagrada, sus elucubraciones, su indómito
corazón. Que el balance de su seguridad no se desvíe, no se arrincone al sentir
que voy más allá de los límites. Hágalo, porque a fin de cuentas, como extraña,
ajena e inoportuna que soy, no va a afectarme ser para usted, también, una
completa desconocida.
Anoche lloré. Quién sabe por qué algunas lloramos tanto justo antes de la luna. Como si sangrar no fuera suficiente, queremos derramar también sal. Me senté y en la cuenca de mi mano derecha imaginé mi corazón. Y entonces las vi. A ti, a ella, a otra y a otra. Las cuatro mujeres que más he amado en la vida después de mi madre. Y me fui en llanto. Ahora me conozco mejor a mí misma. Tengo mejores herramientas para tramitar el dolor. Sé que algunas situaciones que vivimos me recordaron heridas de infancia y no supe gestionar lo que mi piel sintió: el abandono, la sensación de no tener autonomía, la falta de cuidados… podría enumerar, pero no quiero hacerlo. Y me hice un armadillo. Como esos animales que cuando ya no saben cómo vivir se hacen bolita y ruedan hacia la muerte. La mía, imaginaria. Y te agradecí, a ti y a las otras. Les agradecí por el tiempo que fue hogar, palabra, alimento, amparo, viaje, camino, fiesta, brindis; por el placer de la comida, la fiesta y la compañía… Aho...
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