Como bien sabés, te admiro desde siempre. Vine a tu encuentro porque sabía de vos, en alguna parte, de tiempos atrás, en otras vidas (si es que las hay); vine porque la invitación a entrar a los vagones me llegó clarita.
Luego… como no hubo cercanía ni afinidades suficientes, ya nos ves, pasaron años sin conocernos del todo.
Hoy, después de que el tiempo dispusiera que los nodos de la existencia se encontraran, conectándose, te abrazo, te quiero, te admiro y sigo aprendiendo, ahora bien cerca a ese espíritu maravilloso que sos.
Hoy, después de que el tiempo dispusiera que los nodos de la existencia se encontraran, conectándose, te abrazo, te quiero, te admiro y sigo aprendiendo, ahora bien cerca a ese espíritu maravilloso que sos.
Gracias por aceptar, querer, enseñar, escuchar, buscar, llamar, sonreír, abrazar, bailar, correr, tomar mis manos, gritar, bicicletear, ¡estar! Aquí vamos, encontrándonos, escuchándonos, conociéndonos, queriéndonos, tolerándonos.
Los libros y las risas, las historias y los cafés, los viajes y las narguilas, los juegos y las rutas, las lunas ebrias y los soles azafranados, aún las lágrimas y los malos tiempos, nos tienen preparado un coctel de momentos y experiencias para compartir, para solidarizarnos, para humanizarnos, para querernos, para ser.

Y las historias cuando son buenas nunca dejan de escribirse, nunca dejan de sorprendernos. Mi aletza, me alegra que siempre haya tiempo, excusas y cafés... y por eso estamos en el mismo vagón, pasando los semáforos en verdes y aprendiendo el uno del otro, todo lo que desaprenderemos algún día. Te admiro mucho y gracias por tanto, tanto... tanto.
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