De ruido, de ruido, ¿De qué va a ser? ¿Es que acaso no oyes? El silencio está plagado de ruidos que se esconden en él, como gorgojo en la viga, y lo van carcomiendo por dentro, basta con no ser sordo para percatarse de los runrunes y los zumbidos.Laura Restrepo, Delirio
En esta madrugada, sin Marvel y con un carácter que aprendió a pedir poco, marcho masticando la frase de otro libro: nunca falta nadie. La cura había hecho lo suyo y yo le doy vuelta a la página. Se escribe otro capítulo: hojas en blanco y mejor letra. Mi
cuerpo entra en ese frío silencioso.
El mar queda atrás. Sos independiente. La
sonrisa de la negra queda atrás. Podés sola con esa maleta desvalijada y las cajas de tus libros. La danza queda atrás. Podés seguir viajando y pagando tus cuentas.
Los quereres quedan atrás. Podés hacer lo que te gusta. La plaza de los
encuentros queda atrás. Podés con los besos, los silencios, las historias, el amor, el sexo... Él queda atrás. Sos lista.
Soy una mujer, soy palabras, pero también un silencio con insomnio que no tiene
fantasmas. ¿Terriblemente sin
fantasmas? No. Hay que decir algo con discreción: soy una mujer que no quiere morir. Uno muere si no tiene
historias. ¿Tengo historias?
Voy a contar una historia, de forma breve,
brevísima. Es la de una
mujer que buscaba, que hablaba. También escuchaba palabras como: te
he visto por ahí; te quiero; vivamos juntos; madre, es ella
de quien te hablé; la cima se alcanza, dame la mano; viajemos
juntos, vayamos al mar. Esa mujer alojaba en sí misma un lobo que a pesar de ser salvaje,
encarnaba la suavidad primitiva de quien no tiene miedo. Esa mujer se levantaba
entusiasmada ante la promesa del cambio.
La mujer escuchaba otras cosas: te quiero porque me dejás ver lo que no podía ver. No me gusta que
me dejés solo. Me alegrás la vista. Me gusta tu feminismo. No vengás vestida así. Necesito espacio. No
soy yo, no puedo. No te quiero tanto
como pensaba. Te quiero, lo siento, lo siento.
La mujer había dormido por última vez sobre un
pecho que fue cama, calma, tregua y camino al placer rotundo. Había sido vigilada por los ojos negros,
impenetrables, de alguien que en tiempos de angustia había estado ausente. La mujer ya conocía el amor, el amor era otra cosa. ¿O no era? De un golpe cerró todas las puertas, recordó otras palabras, escuchó resonar una historia escondida en la caverna
del miedo. No quería repetir la cinta. La
recorrió esa cobardía que demanda una valentía extrema: pescó sus palabras, recuperó el aliento y se salvó.
Hay un ruido de objeto cayendo en el avión. Son las seis y quince de la mañana. Parece que no hay cupo para tanta maleta
de mano. Alguien llama a la azafata y ella se acerca, mira con ternura a una
anciana de lentes rojos, saluda, ayuda, acomoda, organiza, se va. Yo canto la
canción que dice que en el
mismo lugar seguirá Cartagena. No se puede
ser una mujer dispuesta a borrarlo todo y hacer como si no pasara nada. Todo
pasaba. De todo pasaba. Soy lúcida e instintiva,
estoy completa… o… el vacío deja un vértigo que se siente
desde la inapetencia hasta la dependencia irrisoria a los chocolates muy dulces
y a los pepinos rellenos. ¿Cómo? Estoy embarazada de mí. Tengo antojos. Me voy, voy a parirme de
nuevo.
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