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El sueño, el delirio o lo real

De ruido, de ruido, ¿De qué va a ser? ¿Es que acaso no oyes? El silencio está plagado de ruidos que se esconden en él, como gorgojo en la viga, y lo van carcomiendo por dentro, basta con no ser sordo para percatarse de los runrunes y los zumbidos.Laura Restrepo, Delirio 


Mientras camino avanzando hacia el avión, veo cómo la última noche en la ciudad de los excesos también se despide. Amanece. Esta es la contundente despedida del lugar que me encontró, un tiempo atrás, con todos los hilos rotos: la ciudad cura, la ciudad regazo, la ciudad misterio, la ciudad mar. Un año atrás, una bahía, un transeúnte de dientes amplios y sonrisa amable y unos muros corroídos que en siglos pasados fueron testigos de la más brutal evidencia de nuestra vileza, me recibían con el cuerpo cansado, la esperanza intacta y un libro llamado En diciembre llegaban las brisas de Marvel Moreno. Yo había resaltado varios apartados de la novela con lápiz verde.

En esta madrugada, sin Marvel y con un carácter que aprendió a pedir poco, marcho masticando la frase de otro libro: nunca falta nadie. La cura había hecho lo suyo y yo le doy vuelta a la página. Se escribe otro capítulo: hojas en blanco y mejor letra. Mi cuerpo entra en ese frío silencioso.

El mar queda atrás. Sos independiente. La sonrisa de la negra queda atrás. Podés sola con esa maleta desvalijada y las cajas de tus libros. La danza queda atrás. Podés seguir viajando y pagando tus cuentas. Los quereres quedan atrás. Podés hacer lo que te gusta. La plaza de los encuentros queda atrás. Podés con los besos, los silencios, las historias, el amor, el sexo...  Él queda atrás. Sos lista.

Soy una mujer, soy palabras, pero también un silencio con insomnio que no tiene fantasmas.  ¿Terriblemente sin fantasmas? No. Hay que decir algo con discreción: soy una mujer que no quiere morir. Uno muere si no tiene historias. ¿Tengo historias?

Voy a contar una historia, de forma breve, brevísima. Es la de una mujer que buscaba, que hablaba. También escuchaba palabras como: te he visto por ahí; te quiero; vivamos juntos; madre, es ella de quien te hablé; la cima se alcanza, dame la mano; viajemos juntos, vayamos al mar. Esa mujer alojaba en sí misma un lobo que a pesar de ser salvaje, encarnaba la suavidad primitiva de quien no tiene miedo. Esa mujer se levantaba entusiasmada ante la promesa del cambio.

La mujer escuchaba otras cosas: te quiero porque me dejás ver lo que no podía ver. No me gusta que me dejés solo. Me alegrás la vista. Me gusta tu feminismo. No vengás vestida así. Necesito espacio. No soy yo, no puedo.  No te quiero tanto como pensaba. Te quiero, lo siento, lo siento.

La mujer había dormido por última vez sobre un pecho que fue cama, calma, tregua y camino al placer rotundo. Había sido vigilada por los ojos negros, impenetrables, de alguien que en tiempos de angustia había estado ausente. La mujer ya conocía el amor, el amor era otra cosa. ¿O no era? De un golpe cerró todas las puertas, recordó otras palabras, escuchó resonar una historia escondida en la caverna del miedo. No quería repetir la cinta. La recorrió esa cobardía que demanda una valentía extrema: pescó sus palabras, recuperó el aliento y se salvó.

Hay un ruido de objeto cayendo en el avión. Son las seis y quince de la mañana. Parece que no hay cupo para tanta maleta de mano. Alguien llama a la azafata y ella se acerca, mira con ternura a una anciana de lentes rojos, saluda, ayuda, acomoda, organiza, se va. Yo canto la canción que dice que en el mismo lugar seguirá Cartagena. No se puede ser una mujer dispuesta a borrarlo todo y hacer como si no pasara nada. Todo pasaba. De todo pasaba. Soy lúcida e instintiva, estoy completa o el vacío deja un vértigo que se siente desde la inapetencia hasta la dependencia irrisoria a los chocolates muy dulces y a los pepinos rellenos. ¿Cómo? Estoy embarazada de mí. Tengo antojos. Me voy, voy a parirme de nuevo.



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